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Desamericarizarnos

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Si alguna virtud tienen Trump y su corte, es la de mostrarnos crudamente la magnitud de la dependencia tecnológica, económica, militar y cultural europea ¿Podemos revertir la situación?

 

Nos hemos cansado de Estados Unidos. El matonismo con el que actúa la administración Trump provoca hartazgo y reaviva un sentimiento de recelo que venimos arrastrando desde la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa necesitó la ayuda de Estados Unidos para acabar con la amenaza nazi y frenar la expansión soviética.

Desde entonces, hemos ido alternando una mezcla de fascinación y resistencia hacia lo norteamericano, aunque con los años su dominio se ha ido imponiendo.

 

Dependencias

En tecnología, el déficit parece insalvable: más del 80 % de los productos e infraestructuras digitales utilizados en la UE provienen de fuera. Las grandes empresas estadounidenses dominan la computación en la nube, los modelos de IA, las plataformas móviles, las redes sociales, las tecnologías para la defensa…

Un reciente informe publicado por el Future of Technology Institute (FOTI), con sede en Bruselas, concluye que más de tres cuartas partes (23 de 28) de los países europeos dependen de proveedores de servicios en la nube estadounidenses para sus sistemas de defensa. 

En 16 de estos 28 países, entre ellos Alemania, Polonia, el Reino Unido y Dinamarca, la situación es de alto riesgo si, un día, EE.UU. decidiera bloquear los servicios que presta.  

 

Botón digital

No es una situación hipotética. El mismo informe del FOTI recuerda lo que le ocurrió al juez de la Corte Penal Internacional, el francés Nicolas Guillou, que investigó los crímenes de guerra de Benjamin Netanyahu y dictó una orden de detención.

Como represalia, la administración Trump ordenó que las empresas estadounidenses dejaran de prestarle servicio. Sus tarjetas de crédito Visa y Mastercard se desactivaron. Sus cuentas en Amazon, Microsoft o Gmail quedaron anuladas. Expedia, con sede en Seattle, canceló sus reservas de viaje. Guillou describió el impacto de las sanciones en su vida diaria como si lo hubieran «devuelto a los años noventa».

Otra señal de alarma llegó en 2025, cuando EE.UU. dejó temporalmente de compartir datos de inteligencia militar e imágenes satelitales con Ucrania, vitales para frenar la invasión rusa.

Trump no solo dispone del botón nuclear para activar las más de 5.000 ojivas que le permitirían acabar con el mundo (lo recuerda la psiquiatra Brandy Lee, que alerta de la dudosa estabilidad mental del presidente), sino que también dispone de un botón digital que podría activar a capricho y paralizar países a su antojo.

 

Las grandes corporaciones deciden

Una capacidad de control de la que no dispone únicamente la Casa Blanca. Las grandes corporaciones privadas van adquiriendo poderes similares. Hace unos días, Anthropic decidió restringir el uso público de Mythos, un modelo de IA capaz de encontrar vulnerabilidades ocultas en los sistemas informáticos que rigen el mundo digital y que, por lo tanto, también podría explotarlas y provocar el caos. Anthropic concedió acceso privilegiado al modelo a unas 40 empresas. De momento, ninguna de ellas pertenece a la Unión Europea.

Microsoft, Google y Oracle son los principales suministradores de tecnologías digitales para los sistemas de defensa europeos. Cualquier bloqueo dejaría a los ejércitos en mantillas.

Amazon Web Services, Microsoft Azure y Google Cloud controlan el 70 % del mercado europeo de computación en la nube. Las empresas europeas disponen apenas del 15 % de cuota, la mitad de la que tenían en 2017.

La publicidad online global está dominada por tres compañías norteamericanas: Alphabet, Meta y Amazon. El desarrollo de la IA está siguiendo un patrón similar, con un puñado de empresas de EE.UU. compitiendo por el monopolio occidental.

La dependencia digital europea no es solo económica, sino también de gobernanza. Los datos de los ciudadanos y gobiernos europeos se procesan en infraestructuras controladas por empresas sujetas a la legislación norteamericana. Europa puede regular pero carece de capacidad tecnológica propia para hacer que esa regulación sea realmente efectiva. 

WhatsApp, propiedad de Meta, se ha convertido en una infraestructura esencial de comunicación interpersonal y profesional. 

 

Influencia cultural

En las salas de cine, la producción europea supera el 65 por ciento de oferta, pero la norteamericana, con un 20 por ciento, acapara el 70 por ciento del público. En televisión, el consumo está más equilibrado. Las producciones procedentes de EE.UU rondan el 40%.

Hollywood ha sido y es el principal instrumento de proyección del soft power norteamericano en todo el mundo, con toda la influencia cultural y lingüística que eso conlleva. 

Las grandes plataformas de streaming —especialmente Netflix, Prime y Disney— crecen en Europa con contenido norteamericano y contenido local. Esto crea una dinámica particular: la producción cultural europea crece, pero lo hace bajo narrativas, formatos y criterios de rentabilidad definidos por empresas norteamericanas.

Lo que distingue a estas dependencias de una simple relación comercial es que crean asimetrías de poder: quien controla la infraestructura puede interrumpirla; quien exporta cultura moldea la percepción de la realidad; quien tiene el monopolio de la disuasión nuclear puede usarlo como palanca de negociación. 

 

Alternativas

Por eso tiene valor el ejemplo de Austria, el país europeo con un menor nivel de dependencia de la tecnología estadounidense en su administración y en sus sistemas de defensa.

El informe del FOTI destaca que, en 2025, 16.000 puestos de trabajo del Ministerio de Defensa austríaco migraron de Microsoft Office a LibreOffice (código abierto). Su administración también ha implantado una migración masiva a sistemas de almacenamiento en la nube independientes de la tecnología estadounidense, como Nextcloud

Para revertir el nivel de dependencia estadounidense, los gobiernos y la propia Comunidad Europea tienen mucho trabajo por delante.

También lo tenemos los ciudadanos. Si lo pensamos bien, podemos cambiar parte de nuestros hábitos de consumo digital y audiovisual y reducir nuestra exposición a las plataformas y contenidos estadounidenses. Las alternativas europeas no están tan desarrolladas ni son tan cómodas, pero si le ponemos algo de voluntad y desde las administraciones se fomentan los servicios que ayuden a los ciudadanos a usarlas reduciremos el nivel de abuso y reforzaremos nuestra soberanía, nuestra economía y nuestra autoestima colectiva.

Cuesta verla, pero, si alguna virtud tienen Trump y su corte, es la de mostrarnos crudamente la magnitud de nuestra dependencia.

Joan Rosés

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