Aumenta la preocupación por los efectos de la IA pero se expande su uso
Vivimos una extraña contradicción. Aumenta el temor y el rechazo hacia la IA pero crece también su uso.
La última encuesta de Pew Research Center constata que el 52% de los estadounidenses está más preocupado que entusiasmado con la IA. En 2021, este sentimiento no pasaba del 37%.
En cambio, en 2026, el 66% de los adultos de 21 países dice haber utilizado alguna herramienta o aplicación de IA, 18 puntos más que en 2024 y 28 más que en 2023, según una encuesta de Ipsos y Google.
En los próximos meses veremos qué efectos producen las advertencias sobre la catástrofe a la que nos conduce la IA y las peticiones de frenar su desarrollo que han expresado estos últimos días algunos de sus líderes.
¿Aumentará el rechazo a la IA y se obligará a los desarrolladores a frenar? Difícil. ¿Frenarán de motu proprio? Improbable. ¿Actuarán y se coordinarán los poderes públicos para impedir un desaguisado? Con el panorama político que impera, impensable.
Lo más probable es que todo siga más o menos igual. Hay demasiado dinero y equilibrios de poder en juego como para que la idea del frenazo se materialice.
Mientras tanto, seguiremos ahondando en la contradicción. Usaremos herramientas de IA, cada vez más y cada vez más sofisticadas, aunque nuevas alarmas nos adviertan del riesgo que corremos.
Contradicciones por dinero o por resignación
Algunas contradicciones las induce el negocio. Rechazos que hace un tiempo parecían definitivos se convierten, mágicamente, en alianzas.
En 2024, el gigante discográfico Warner Music llevó a los tribunales a Suno, la aplicación más popular de generación de música con IA. Ahora, acaban de lanzar conjuntamente Suno v6, un modelo propio de música generativa. El acuerdo permite compensar económicamente a los tenedores de derechos actuales a costa de fomentar la creatividad mecánica en detrimento de la creación humana.
Otras las mueve la inercia o tal vez la resignación.
En periodismo, hasta ahora, quienes habían sido acusados de presentar como propios textos generados con IA o se habían disculpado o lo habían negado.
Pero las cosas cambian. Hace unos días, un artículo en The Atlantic relataba el caso de un inversor norteamericano que publicó en The Wall Street Journal un texto contrario a las políticas del secretario del Tesoro norteamericano. Tras algunos comentarios en las redes, el inversor reconoció sin ambages haber utilizado la IA. “Por supuesto que usé IA. No me avergüenza”.
Lo insólito fue que Paul Gigot, editor de la sección de opinión del periódico, le defendió. “La IA es una realidad de la vida moderna”, afirmó en un comunicado. Días después, en una columna completa dedicada a la polémica, Gigot se burlaba de los “fariseos que critican la escritura automatizada”. Aclaró, sin embargo, que los columnistas del Journal aún deben redactar sus propios textos, aunque aseguró que no piensa controlar si los colaboradores externos usan la IA.
En Hollywood, donde la sensibilidad hacia la IA está a flor de piel, también se va normalizando su uso. Productoras emblemáticas del cine independiente como A24 o Lionsgate se han aliado estratégicamente con plataformas de IA. Hace unos días, Matthew Belloni, periodista reconocido en el ámbito audiovisual norteamericano, comentaba que en Hollywood “todo el mundo la usa. No voy a dar nombres, pero escuché una historia sobre una showrunner (jefe de guionistas) muy destacada que entró en la sala de guionistas y reprendió a su equipo por no utilizar ChatGPT”.
Ya sea por negocio, comodidad o resignación, el uso de la IA se normaliza. Pese a los riesgos.
Proteger a los niños del mundo que les estamos construyendo
Ese ambiente de normalización contrasta con la determinación de algunas administraciones de impedir el uso de la IA en las escuelas, por lo menos hasta los 14 años. Objetivo: retrasar lo máximo posible la exposición de los niños a una tecnología que puede desbaratar su desarrollo cognitivo.
Mientras los adultos nos avenimos al uso “normalizado” de unas herramientas que no está nada claro dónde nos conducen, a los niños tratamos del protegerles retrasando su acceso a la IA, pero situándola como un “hito aspiracional”, algo que les acreditará como adultos el día que cumplan la edad suficiente.
Lo mismo ocurre con el acceso a los móviles y a las redes sociales.
Con los valores éticos sucede algo distinto pero también sintomático. La escuela forma a los niños en el respeto a los demás, el valor de la verdad o la recompensa del esfuerzo y la concentración cuando el mundo que encontrarán menosprecia todo eso, recompensa la banalidad y hasta el paradigma del debate público que debería ser el parlamentarismo se emponzoña de mentiras, descalificaciones y falta de respeto permanente.
Tratamos de proteger a los niños de la sociedad que les estamos construyendo mientras les preparamos para un mundo que no existe. Contradictorio pero obligado. Al fin y al cabo, nuestra esperanza es que de ellos surja una civilización mejor.
Lo raro es que nos parezca normal construir el mundo que estamos construyendo.
Joan Rosés