Además de adaptarnos a las disrupciones tecnológicas más o menos visibles, nos enfrentamos a un conjunto de disrupciones invisibles que afectan a nuestra forma de ser y estar en el mundo
Pensar, hablar, aprender, comprender… son capacidades inherentes a la condición humana que nos definen aunque estén en proceso de transformación permanente. No hablamos, ni pensamos, ni aprendemos ni comprendemos el mundo tal como lo hacían nuestros antepasados. Ni lo hacemos igual a los quince años que a los cincuenta. Pero, a pesar de las adaptaciones, mantienen unas bases firmes que nos identifican como personas.
Diversos factores externos pueden alterar este proceso natural de adaptación: catástrofes, guerras, pandemias… También la tecnología puede ser un factor importante. Su influencia, muchas veces impredecible pese a ser creación nuestra, se ha vuelto tan determinante y su presencia ha adquirido un papel tan central en nuestras vidas que, en buena medida, las determina. No razonamos, ni hablamos, ni aprendemos igual que lo hacíamos antes de Internet, la telefonía móvil o la IA.
Aceptamos las disrupciones tecnológicas como parte indisociable del progreso pero a menudo olvidamos que también provocan disrupciones sociales e incluso cognitivas de un calado que todavía no calibramos. El tiempo transcurrido desde que empezó la oleada digital, hace dos décadas, acelerada últimamente por la irrupción de la IA, no es suficiente para entender en profundidad lo que nos ocurre. Tampoco la velocidad que la tecnología digital imprime al cambio ayuda a entenderlo: cuando nos parece haber intuido los beneficios o los riesgos de una tecnología aparece otra de mayor impacto.
Sin embargo, lejos de aplicar un criterio de prudencia y detenernos, en nuestro afán por no perder el tren de la evolución, nos dejamos llevar por la novedad y adaptamos apresuradamente nuestras capacidades aun a riesgo de alterarlas sustancialmente o delegarlas a dispositivos externos, sin saber si eso nos beneficia o perjudica realmente.
Nos adaptamos con prisa a las disrupciones tecnológicas más o menos visibles pero nos enfrentamos también a un conjunto de disrupciones invisibles que afectan a nuestra forma de ser y estar en el mundo. No alcanzamos a comprender su calado pero existen ya suficientes indicios de la envergadura de lo que está en juego.
Algunas pistas
Pensar: Hace unas semanas un estudio del MIT detectó que la actividad cerebral de quienes usan habitualmente chatbots para escribir se reduce un 47 % en comparación con quienes lo hacen sin asistencia.
Hablar por teléfono está en horas bajas. En Estados Unidos, los millennials que preferían las llamadas de voz a los mensajes pasaron del 60 % en 2010 a solo el 24 % en 2021. Para la generación Z, la caída fue aún más acusada, del 54 % al 16 %. En adultos la reducción también fué significativa: del 65 % al 32%. Desde 2011, el número de llamadas telefónicas en Estados Unidos ha caído un 30% y el de mensajes se ha multiplicado por 14.
Escribir. Tanto los correctores automáticos como los asistentes de IA que escriben o reescriben textos convierten en superfluo el dominio de la ortografía o la gramática y nos permiten externalizar una parte de nuestra creatividad y capacidad de razonamiento. El esfuerzo que requiere la escritura se puede delegar a la máquina, y eso nos reconforta. Lo que no resulta tan evidente es que en esa delegación se incluye el proceso de comprensión y ordenamiento de las ideas al que obliga escribir.
Memorizar. Se conoce como “efecto Google” la tendencia a no guardar en nuestra memoria las informaciones que fácilmente podemos encontrar en Internet. La información deja de registrarse en nuestra memoria neuronal y se desplaza a memorias externas, digitales y artificiales.
Leer. Con su avalancha incesante de información y estímulos, las redes sociales han contribuido a la reducción de la cantidad y tiempo de lectura. El llamado “shallow reading” —lectura superficial— se ha convertido en la norma que rige la divulgación de contenidos digitales: breves, directos y visuales. Según un estudio realizado en 2024 con estudiantes de inglés casi la mitad reconoció que el uso de redes sociales había reducido el tiempo que dedicaban a leer libros o artículos. Un 88,1 % dijo preferir contenidos más breves y visuales.
Aprender. No hemos calibrado bien el entusiasmo con el que en su momento abrazamos la tecnología en las escuelas. Pero tanto la prohibición creciente de móviles como la paulatina retirada de dispositivos electrónicos (tabletas y ordenadores) en las aulas, junto a los estudios que analizan la correlación entre disminución de rendimiento académico y tecnificación de los alumnos, más otros que abordan los efectos neurológicos de la economía de la atención en niños y adolescentes indican que la capacidad de aprender y las formas de hacerlo que hemos ido construyendo a lo largo de siglos están en riesgo. La irrupción de los chatbots en la educación no hace más que acelerar la tendencia.
Socializar. Se consolidan comportamientos como el phubbing, que consiste en mirar el móvil e ignorar a las personas que tenemos delante. Un estudio publicado en España en 2024 confirmaba que es una práctica común en casi la mitad de los adolescentes entre 12 y 21 años. Entre las parejas y entre padres e hijos se constata también el aumento de esta práctica. Somos seres necesitados de conexión social pero la vamos canalizando a través de plataformas.
Acompañar. La proliferación de acompañantes o incluso terapeutas artificiales provoca incertidumbre. Algunos chatbots dedicados al apoyo emocional como Xiaoice, Character.ai, JanitorAI o Replika cuentan con millones de usuarios activos. En el primer semestre de 2025 las companion apps aumentaron las descargas un 88% en relación al año anterior, y llevan acumuladas unos 220 millones a nivel mundial. También los chatbots de propósito general, sirven para eso. Hace unos días conocimos el suicidio de un adolescente al que ChatGPT aconsejó.
Dimensión, poder y confusión
Aun siendo importantes, estos efectos no lo serían tanto si se limitaran a alguna de las capacidades humanas mencionadas. Pero lo afectan todo: razonamiento, comunicación, atención, emociones… más lo que vaya surgiendo en el ámbito laboral o económico. Y en el horizonte, la promesa de una IA general que supuestamente nos superará definitivamente.
Tampoco tendría la envergadura que se intuye si este conjunto de efectos hubiera surgido de la voluntad libre del conjunto de la sociedad. Pero no es así. Es la voracidad de una economía digital apenas regulada que concentra el poder en un reducido número de corporaciones privadas globales, algo inédito hasta ahora, la que nos arrastra a la disrupción de nuestras facultades esenciales.
Ni tampoco sería tan preocupante si, a pesar de todo ello, los beneficios de su implantación superaran a los perjuicios. Pero, a pesar de la ingente propaganda que despliega la IA generativa, los beneficios están por ver.
Joan Rosés
2 comments
gracias por la reflexión Joan, somos ahora mismo una especie en mutación, a medio camino entre la inteligencia orgánica y las nuevas especies inorgánicas…
Molt bé Joan, gran article. Gràcies