Guerreros de terracota en el Museo de Historia de Shaanxi, China. Fuente: Wikimedia commons

Progreso y desigualdad: lecciones de la historia para la era de la IA

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Lo que nos enseña la evolución del progreso tecnológico en China, Gran Bretaña y Estados Unidos a lo largo del tiempo

 

Ante cualquier acontecimiento de cierta magnitud solemos preguntarnos si en la historia de la humanidad ha habido algún precedente aleccionador o si, por el contrario, nos enfrentamos a algo completamente nuevo. Con la inteligencia artificial ocurre lo mismo. ¿Podemos aprender de las anteriores revoluciones tecnológicas o se trata de una transformación desconocida para la que apenas hay referentes?

Peng Zhou, profesor de Economía en la Universidad de Cardiff, ha escrito un extenso artículo en el que repasa las lecciones que nos brinda la historia de China, Gran Bretaña y Estados Unidos. Recomendamos su lectura completa, pero, para quienes no dispongan de tiempo suficiente, nos hemos permitido **conversar con él.

 

Con la llegada de la IA, mucha gente teme por su futuro. ¿La historia puede ayudarnos a entender qué ocurrirá?

Sin duda. El «pánico tecnológico» actual hacia la IA nos hace sentir que todo es nuevo, pero la historia nos susurra: «Cálmate! Ya hemos pasado por esto». Aunque la tecnología siempre ha aumentado la productividad y ha permitido hacer más con menos, toda innovación reconfigura quién tiene el poder, quién se enriquece y quién se queda atrás.

Nos enseña, por lo tanto, que la tecnología no siempre beneficia a todo el mundo. 

El progreso tecnológico nunca es una marea suave que eleva todos los barcos. El economista Joseph Schumpeter lo llamó «destrucción creativa», un efecto similar al de un tsunami, que ahoga a algunos y deposita a otros en costas doradas. 

La «curva de Kuznets» sostiene que, al inicio de una etapa de crecimiento, la desigualdad aumenta pero que con el paso del tiempo se reduce. ¿Sigue siendo una teoría válida para lo que se avecina con la IA? 

Simon Kuznets propuso una teoría que durante décadas resultó tranquilizadora. Sin embargo, Thomas Piketty demostró que la reducción de la desigualdad tras la Segunda Guerra Mundial se debió a una sucesión de circunstancias excepcionales: guerra, depresión y reformas políticas profundas. Piketty argumenta que, sin una redistribución activa de la riqueza, el capitalismo tiende a aumentar la brecha entre ricos y pobres. El principal riesgo es que los beneficios del progreso se concentren en las élites.

¿Qué nos enseña la historia? 

Podemos comparar tres grandes ejemplos: la China imperial, Gran Bretaña y Estados Unidos. Cada uno muestra la interacción de cuatro factores clave: tecnología, instituciones, política y normas sociales. 

Empecemos por China. 

China cuenta con más de 2000 años de progreso tecnológico continuo, lo que permite analizar varios ciclos históricos. Por ejemplo, la dinastía Han (202 a.C.-220 d.C.) prosperó gracias a innovaciones como los arados de hierro, que permitieron cosechas récord. Sin embargo, la brecha salarial entre burócratas (que ganaban 30 veces más) y campesinos generó una gran desigualdad. El patrón se repitió en dinastías posteriores.

¿Se intentó frenar la desigualdad?

Con poco éxito. Durante más de un milenio, hasta principios del siglo XX, el sistema de exámenes imperiales (KeJu) seleccionaba a los candidatos más capacitados a mandarines. Intentaron promover la movilidad social, pero, con el tiempo, la burocracia se volvió ineficiente y cada vez más corrupta. La acción política consiguió reducir la desigualdad, pero generó mucha inestabilidad y caos social. También, corrientes como el neoconfucionismo, que promovían la armonía y el orden, terminaron consolidando los privilegios de las élites.

¿Y la Revolución Industrial en Gran Bretaña? 

El patrón se repitió, pero en un período mucho más corto: apenas siglo y medio. Innovaciones como la máquina de vapor enriquecieron enormemente a los industriales, mientras los trabajadores se estancaron en la pobreza. A principios del siglo XIX, el 1% más adinerado llegaba a controlar hasta el 70% de la riqueza nacional.

¿Cuál fue la respuesta a esa desigualdad? 

La reacción fue intensa. Surgieron los sindicatos y hubo reformas como las Factory Acts que prohibieron el trabajo infantil. Disturbios, huelgas y dos guerras mundiales contribuyeron a reducir la desigualdad y a implantar lo que hoy conocemos como Estado del bienestar.

Pero la desigualdad ha vuelto a aumentar.

Efectivamente. Desde los años 80, la desigualdad crece en paralelo a la implantación de las tecnologías de la información y a las políticas de desregulación y debilitamiento de los sindicatos. Hoy, el 1% más rico del Reino Unido posee más del 20% de la riqueza total. Esto demuestra que las instituciones y las normativas que regulan la sociedad deben evolucionar al mismo ritmo que lo hace la innovación.

 

Colas en busca de comida durante la Gran Depresión. Chicago 1931. Fuente Wikimedia Commons

Si nos fijamos en Estados Unidos, vemos que la historia se repite, pero allí todo ha ido más rápido.

Sí, la historia de los Estados Unidos repite el patrón, pero con ciclos más breves, de apenas décadas. A principios del siglo XX, tecnologías como las destinadas a la extracción de petróleo crearon magnates como Rockefeller y aumentaron mucho la desigualdad. En 1929, el 1% más rico acumulaba más de un tercio de los ingresos nacionales. La Gran Depresión que vino a continuación expuso la fragilidad del sistema.

¿Cómo reaccionó EEUU a esa crisis?

La respuesta fue el New Deal de Roosevelt. El gobierno federal intervino activamente en la economía: implantó seguros de desempleo, salarios mínimos y una fiscalidad progresiva, además de grandes programas de obras públicas que generaron millones de empleos. La Segunda Guerra Mundial también tuvo un efecto «nivelador», ya que la economía se reactivó y se crearon millones de puestos de trabajo durante y después del conflicto. 

Pero el ciclo también cambió.

A partir de los años 70, políticas como la «Reaganomics» promovieron la desregulación del mercado y debilitaron el poder de los sindicatos. En las décadas posteriores, la revolución de las tecnologías de la información generó un nuevo ciclo económico en el que la riqueza se concentró en los propietarios de las grandes plataformas digitales. Este proceso alcanzó su punto crítico en la crisis financiera de 2008, que puso al descubierto un sistema en el que las ganancias se privatizan mientras las pérdidas se socializan.

¿Qué lecciones podemos extraer de estos ejemplos para la era de la IA? 

La IA presenta el mismo dilema histórico. ¿Será una herramienta para la mejora colectiva, como el Estado del bienestar británico, o un arma de control y concentración de poder, como ocurrió con los burócratas que acaparaban grano en la antigua China? La respuesta no está escrita en el código.

Entonces, ¿de qué depende el futuro de la desigualdad con la IA? 

Depende de quién gane las batallas políticas sobre su regulación: ¿los grupos de presión corporativos o las coaliciones ciudadanas? Las iniciativas que promueven una IA responsable o la democratización de los datos son un eco moderno de las luchas históricas por la equidad. La historia nos enseña que la prosperidad sostenible se alcanza cuando las instituciones y las actitudes sociales evolucionan al mismo ritmo que la innovación. El verdadero riesgo no reside en la tecnología en sí, sino en la acumulación de sus beneficios en manos de una minoría.

Joan Rosés

**(Para el proceso de creación de este artículo hemos combinado inteligencia artificial y revisión humana. Hemos utilizado NoteBookLM para cargar el artículo original y generar una entrevista estructurada mediante preguntas sucesivas. Aunque las respuestas iniciales seguían una lógica coherente con el artículo original, muchas resultaban demasiado retóricas y han requerido reescritura manual. Durante la revisión, hemos comprobado que la IA había omitido algunos conceptos clave que hemos incorporado posteriormente. Estimamos que el uso de IA ha supuesto un ahorro aproximado del 25% en el tiempo de redacción.»)

 

 

1 comments
  1. Gran artículo. Remarca como la historia refleja un contínuo va y viene entre igualdad y desigualdad, como una fuerza creativa-destructiva. Es algo a lo que yo le doy vueltas constantemente. Es injustificada toda violencia como promueven algunas religiones, o es ética cuando se ejerce desde el oprimido al opresor? Y está condenado el ser humano a vivir dentro de este ciclo?

    Mientras tanto, yo me quedo con esta frase:

    > También, corrientes como el neoconfucionismo, que promovían la armonía y el orden, terminaron consolidando los privilegios de las élites.

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