Foto: James Ahlberg en Unsplash

¿Cómo pre-distribuimos la abundancia futura?

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Urge diseñar un marco institucional para que la abundancia no se convierta en precariedad para la mayoría, sino en una fuente de dignidad y libertad compartida

 

Existe la posibilidad de un horizonte de abundancia con un potencial para la disrupción social y económica a una escala y velocidad que nunca hemos experimentado. Ahora es el momento para anticipar ese hipotético escenario para diseñar una arquitectura institucional que garantice una pre-distribución justa y sostenible de sus frutos.

La historia de la humanidad es la de una lucha contra la escasez material, y, a la vez, del continuo descubrimiento de cómo con la aplicación de nuevas fuentes de energía, creatividad y conocimiento, se puede obtener mayor rendimiento empleando los mismos recursos. Hoy asistimos atónitos a ver cómo algunas de estas batallas pueden llegar a su fin: se abre ante nosotros un horizonte de abundancia.

Los indicios son claros. La combinación viento-solar-baterías es la fuente de hasta el 80% de la electricidad consumida en California en un día soleado. En España, en muchas ocasiones tenemos que «tirar» energía que la red no es capaz de absorber. El conocimiento está disponible en cada bolsillo sin coste económico: ChatGPT tardó solo dos meses en alcanzar 100 millones de usuarios, Spotify necesitó 55. DeepSeek, se desplegó en centenares de hospitales, ayuntamientos y empresas para todo tipo de usos.

Los vehículos autónomos compartidos ofrecen viajes comerciales en ciudades de Estados Unidos y China. La proteína de fermentación de precisión se comercializa como complemento en Singapur, reduciendo drásticamente el coste ambiental de producir alimentos. Robots de todas las formas: con micrófono y altavoz; pantalla y teclado; ruedas, hélices o piernas y brazos, o cualquier combinación de las anteriores, encuentran rápidamente su lugar en el mercado post-laboral.

 

Lecciones de la historia

Históricamente, la adopción de avances tecnológicos ha generado inicialmente un “shock de desigualdad”, y las sociedades han necesitado de largos periodos de tiempo y, en no pocos casos, del uso de la violencia, para renegociar las condiciones de su existencia y participar del nuevo valor generado por los avances tecnológicos.

La revolución industrial produjo en primera instancia un descenso en la esperanza de vida, un notable aumento del trabajo infantil y altos niveles de insalubridad en las ciudades más pujantes. Se necesitaron al menos ochenta años, y mucho sufrimiento, para que las nuevas instituciones sociales surgidas en su seno, como los sindicatos, tuvieran capacidad suficiente para negociar las condiciones de la participación del trabajo en la creación de valor. El salario mínimo se negoció, por primera vez, en 1938 en los Estados Unidos, y el derecho a las vacaciones había sido reconocido apenas un año antes en Francia.

Ahora el trabajo humano es sustituido o complementado por herramientas que encapsulan y replican conocimiento. El trabajo se convierte en capital escalable. A la deuda ecológica y social acumulada, se une ahora una emergente “deuda de conocimiento”. La inteligencia artificial se alimenta para su entrenamiento de los datos, la creatividad y la experiencia de millones de personas; y evoluciona a partir del uso que hacemos de ella.

 

Diseñar desde el inicio una distribución justa 

La velocidad y la escala de estas transformaciones, lideradas por corporaciones globales, desbordan la capacidad de reacción de ciudadanos y gobiernos. Cuando la riqueza ya está concentrada, reparar la desigualdad es complejo, costoso y, a menudo, ineficaz. La redistribución resulta insuficiente. La alternativa es diseñar desde el inicio una distribución justa del valor futuro: lo que podríamos llamar pre-distribución. Un marco institucional que garantice que la abundancia no se convierta en precariedad para la mayoría, sino en una fuente de dignidad y libertad compartida.

Esta reflexión obliga a mirar la tecnología desde las estructuras de poder que la moldean. La historia de la imprenta lo ilustra bien: inventada en China en el siglo XI, su expansión fue limitada por la complejidad del sistema de escritura y las restricciones políticas.

Cuatrocientos años más tarde la versión de Gutenberg se expandió con rapidez por las ciudades-estado europeas, ansiosas de atraer talento y conocimientos. Por el contrario, el vecino imperio Otomano no adopta la imprenta hasta 1720 en un intento por contener la difusión del saber y salvaguardar un oficio altamente considerado. El marco institucional, cultural y económico es el mediador entre los potenciales efectos de una innovación tecnológica y su impacto real en el progreso de una sociedad.

En este nuevo salto histórico, la pregunta es: ¿qué instituciones necesitamos ahora? Quizá  organizaciones que jueguen un papel similar al que tuvieron las cooperativas, los sindicatos, las ONG, los emprendedores sociales y de impacto en la economía industrial, pero adaptadas a la lógica del dato y la inteligencia artificial. Mecanismos que aseguren agencia individual, que distribuyan poder y capacidad de decisión —no solo dinero— en un mundo donde la automatización puede liberarnos tanto como precarizarnos.

Si dejamos que la abundancia tecnológica se gobierne con inercias industriales, es probable que derive en mayores desigualdades. La oportunidad es enorme. La urgencia, evidente. Es el momento de abrir un ambicioso diálogo social; de reunir a todos aquellos que han explorado nuevas ideas o promovido alternativas, y contrastarlas, combinarlas, someterlas a la participación pública; con el fin de generar una visión compartida y posible, en la que el futuro sea un derecho y no un privilegio.

¿Empezamos?

Javi Creus, fundador de Ideas for Change.

6 comments
  1. Javier, personalmente no tengo tan claro que vayamos hacia tiempos de abundancia, aunque los medios estén y la tecnología pueda ayudar. Aún así, coincido contigo que algo hay que hacer para redistribuir la «abundancia», entre otras cosas porque estamos entrando en una era que cuestiona todo y nos obligará, entre otras cosas, a redefinir el concepto de «trabajo» y a aprender a «gestionar el ocio». Así que el trabajo como lo entendemos hoy ya no será la principal fuente de ingresos, al menos en Occidente. En cuanto a la abundancia (y entiendo como tal la producción de bienes y la riqueza…), para mi otro factor a tener en cuenta es la degradación sistemática del Medio Ambiente hecha hasta ahora y que, de alguna manera, hay que reducir drásticamente…y soy de los que creo que el crecimiento económico crónico y desaforado debe frenarse sí o sí y no podemos sobre-producir alegremente como hasta ahora y mucho menos concentrar esa producción y riqueza en apenas un 7% de la población mundial. Eso significa que nos obliga a «balancear» la producción y la riqueza, y redistribuirlas evitando esta concentración actual y la lamentable desigualdad que se está generando en las últimas décadas y gran parte del sXX… En cuanto al rol de los gobiernos y estamentos nacionales o las organizaciones supra-nacionales, está claro que hoy «están liados en lo suyo»: la eliminación de los Estados en favor de esos «gobiernos supranacionales», pero deberán re-enfocar sus objetivos fundacionales (gestionar el crecimiento después de una guerra y gestionar «la abundancia», aparte de promover el dominio de Occidente, encabezado por USA) y así poder re-definir un enfoque más global, multipolar (China, Oriente Medio…), buscando integrar de verdad el Primer y Tercer Mundo, para eliminar paulatinamente la desigualdad, la injusticia y la «colonización» (real o virtual), y, como bien sugieres, re-distribuir la «abundancia», con equidad… Y sí, ahora estamos ante un cambio de paradigma que nos obliga y nos da la oportunidad de debatir (públicamente, no en los «parlamentos») y replantearnos todo, quedarnos con «lo mejor» de lo existente y crear «lo nuevo» y con un nuevo enfoque…y si puede ser, puestos a pedir, que sea más «humano»!

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