Hemos convertido las redes sociales en la infraestructura de comunicación del siglo XXI, la que prevalece sobre el resto de medios pero la que menos controles democráticos afronta. ¿Estamos atrapados?
El periódico británico The Guardian abandonó la red X en noviembre y se fue a Bluesky. En X tenía unos 10,5 millones de seguidores. Actualmente, en Bluesky tiene unos seiscientos mil.
El norteamericano The New York Times permanece en X y tiene 56 millones de seguidores. En Bluesky también está activo pero le siguen sólo un millón.
The Guardian consideró que X era “una plataforma tóxica” y que los efectos negativos de mantenerse eran excesivos. The New York Times ha decidido quedarse porque considera que X sigue siendo una herramienta valiosa para difundir sus contenidos e interactuar con la audiencia.
The Guardian esgrimió razones morales. The New York Times, motivos prácticos.
¿Qué debe prevalecer? ¿Lo moral o lo práctico? Se plantea aquí un dilema tan complejo como el del tranvía, ese que nos pone en la situación de decidir si atropellamos a unos u otros ciudadanos según la vía por la que decidamos circular. Hagamos lo que hagamos causaremos daño. Quedarse en X y seguir alimentando una red escorada a la extrema derecha que alienta la desinformación y la diseminación de bulos o marcharse y debilitar aún más la maltrecha situación de los medios tradicionales autolimitando la difusión que proporcionan esas redes.
No es éste un dilema entre posiciones de izquierda (marcharse) y posiciones de derechas (quedarse). Ambos periódicos comparten un mismo espectro ideológico socialdemócrata.
El debate también se plantea en la política española. Sumar decidió dejar la red en enero después de que Elon Musk mostrara sin ambages su afinidad nazi. Podemos, en cambio, sigue en la red.
Sumar alegó que no deseaba ser cómplice del mecanismo de propaganda de la extrema derecha en la que X se ha convertido.
Podemos, en palabras de Pablo Fernández, secretario de organización, considera que “dejar que Musk y los suyos campen a sus anchas en una plataforma con millones de usuarios diarios no mejorará las cosas: solo servirá para reducir el alcance de la información relevante y para que el odio se difunda más rápido y con menor oposición”.
También las administraciones públicas gobernadas por la izquierda siguen estrategias distintas. Los ayuntamientos de París y Barcelona se han ido de X. El Gobierno de España y la cuenta oficial de su presidente siguen activas.
El debate de fondo
A las razones morales frente a las de carácter práctico se añade también la discrepancia sobre la efectividad de cada una de las posiciones. Para unos, abandonar contribuirá a debilitar la plataforma y, por lo tanto, su capacidad de influencia. Para otros, marcharse sólo sirve para debilitarse uno mismo, perder difusión y dejar el terreno libre para que las redes sociales, por lo menos X, queden al pairo de la desinformación.
Pero al margen de la posición que tome cada uno habría que plantear también un debate bastante más profundo que afronte cuál debe ser la relación de los medios de comunicación y las instituciones públicas democráticas con unas redes globales controladas por grandes corporaciones privadas o por individuos con pocos escrúpulos. ¿Deben los medios y las instituciones democráticas seguir canalizando su comunicación con la ciudadanía a través de redes así?
Desde el inicio de las plataformas sociales hace dos décadas, medios de comunicación, políticos, organizaciones sociales, celebridades, empresas y profesionales de cualquier ámbito se han esforzado en conseguir más y más seguidores, han alardeado de ello y han mostrado los rankings como una prueba de solvencia y aprecio popular. Entre todos hemos hinchado las redes y las hemos convertido en la infraestructura de comunicación del siglo XXI, la que prevalece sobre el resto de medios, sobre todo en las audiencias jóvenes, pero la que menos controles democráticos afronta.
¿Se puede seguir así?
El realismo de quienes defienden quedarse en X para “combatir la desinformación desde dentro” desprende también un halo de inevitabilidad: han crecido demasiado, dependemos demasiado de ellas, nuestra audiencia está ahí, hay que ser prácticos, es lo que hay…
Si aceptamos la resignación como animal de compañía, habría que preguntarse si esto va a seguir siempre así o estamos dispuestos a actuar para que la resignación sea temporal. ¿Hay alternativa? ¿Hay voluntad de construirla?
«Cuando se presentó la oportunidad de rescatar a los desencantados de X, nadie en Europa estuvo ahí para acogerlos»
Europa ha tratado de poner coto al dominio de las plataformas ajenas mediante una regulación que trata de frenar abusos, los más flagrantes, pero que no ha hecho mella ni en su poder creciente ni en su capacidad de influencia. Mientras tanto, ha abandonado cualquier atisbo de construir una alternativa propia.
Se esgrime como razón que en la economía de redes el primero se lo lleva casi todo. Esto es así hasta cierto punto. Bluesky nació mucho después de Twitter y en poco tiempo está consiguiendo un crecimiento exponencial. Cuando se presentó la oportunidad de rescatar a los desencantados de X, nadie en Europa estuvo ahí para acogerlos.
Ahora la Comisión Europea pretende destinar 200.000 millones de euros de dinero público para construir infraestructuras propias de inteligencia artificial. Elogiable. Prioritario.
¿No lo es también impulsar la construcción de plataformas alternativas que respeten los principios democráticos y el modelo europeo de convivencia y eviten la dependencia de los grandes conglomerados norteamericanos o chinos?
El control de la infraestructura por la que circulará la comunicación del siglo XXI está en juego. Preservarlo es, por lo menos, tan importante como no perder el tren de la IA.
Joan Rosés
1 comment
> Se esgrime como razón que en la economía de redes el primero se lo lleva casi todo.
Un punto un tanto pedántico, pero esta frase es algo que se repite más de lo que debería. Aunque los efectos de red sí existen, no es muy cierto que el primero se lo lleva todo; Facebook no fué la primera red social, Google no fué el primer buscador, Amazon no la primera tienda de libros, o nube etc. Y como el artículo explica, Bluesky ha llegado también mucho después. Es más un mito que se repite, no se muy bien por qué. Cosa que es buena, porque demuestra que el gigante siempre puede caer.
Respecto por qué las instituciones públicas decidieron usar estas plataformas para comunicarse con la ciudadanía desde el principio, es un misterio que deberíamos resolver. Es algo que nunca debió occurrir, y es absolutamente absurdo que siga así. Las corporaciones no son tu amigo. A los Americanos les cuesta de entender, pero a los Europeos les debería ser más fácil.