Lo digital puede representarnos, incluso simularnos, pero no puede sustituirnos
De tanto repetirlo, damos por sentado que el futuro será digital. Su preponderancia sobre lo analógico parece tan apabullante que nadie podrá resistirse y quien lo intente será barrido por la fuerza del destino.
Creer que el futuro será digital, virtual, artificial o robótico supone, por ejemplo, que lo sensato es recomendar a los jóvenes que se dediquen a estas cosas. Y si alguno tiene la osadía de hacerse abogado, médico o incluso, válgame dios, periodista, hay que convencerle de que sea tan digital como pueda.
Pero y ¿si no fuera así? ¿Y si el futuro fuese analógico?
Cuando planteas una duda tan extraña enseguida debes aclarar que no estás en contra de lo digital, que no eres demasiado retrógrado, bueno, algo sí, si no, no dudarías, pero no demasiado.
Si compartes tus dudas porque temes las consecuencias de lo digital, también debes aclarar que no eres un neoludita. Como si el ludismo hubiese sido algo malo, como si luchar por la supervivencia como hicieron los trabajadores textiles del centro de Inglaterra a principios del siglo XIX no hubiera tenido ninguna justificación. Nuestro fervor por la innovación tecnológica asocia el ludismo a una concepción incompatible con el progreso. Quemar telares mecánicos era retrógrado. Dejar a los obreros en la indigencia fue un avance inevitable.
Insisto: ¿y si el futuro fuese analógico?
La duda no surge por ganas de dar marcha atrás. Bueno, en algunas cosas, sí. Surge porque nunca hemos dejado de estar ahí.
Los humanos somos esencialmente analógicos. Conviene recordarlo. No en sentido estricto, claro. No somos aparatos ni artefactos tecnológicos, pero en sentido metafórico somos más analógicos que digitales.
Nuestra entidad física nos confiere unas propiedades que no nos aporta lo digital.
A base de ceros y unos, aunque sean muchos ceros y muchos unos, lo digital puede representarnos, incluso simularnos, pero no puede sustituirnos.
Lo digital es representación, no substancia. Y un futuro basado en la simulación está vacío.
Lo digital se nos ha ido de las manos
Lo digital surgió como una tecnología ingeniosa que nos simplificaba la vida y aumentaba la capacidad de manejar datos. Con el tiempo, se ha ido convirtiendo en el facilitador de la nueva economía extractiva, dominada por una docena de multimillonarios y una corte de científicos que les sigue la corriente, sobre la que apenas tenemos control. Se nos ha ido de las manos.
La descentralización que prometían Internet, la web, las redes sociales, los móviles, incluso la IA, se ha desvanecido. En apenas unos años, todos esos inventos se han convertido en herramientas de dominio y de concentración de poder.
Lo digital pareció iniciar su andadura orientado a completar nuestras carencias pero acelera tanto los tiempos que ha escapado a nuestra comprensión. Nos sobrepasa. Ya no va con nosotros. Va de geopolítica, de dominio económico, de especulación inversora… Nada que ver.
Lo digital es rápido, inmediato, disponible, incansable, ubicuo, ilimitado. Los humanos somos lentos, disponibles solo a ratos, cargados de flaquezas, sujetos a averías que cuestan de reparar y no siempre es posible, con derechos, o eso creemos. Somos costosos, ineficientes, a menudo imprudentes. Estamos siempre pidiendo, exigiendo, apenas damos.
Tan distintos pero tan complementarios. Lo digital prometía ser la vitamina que necesitábamos para fortalecernos. Su aparición presagiaba el inicio de una bonita amistad. Lo digital como bastón que guía nuestra ceguera en un mundo lleno de obstáculos. El complemento perfecto.
Pero no. Ya no.
Guiado por la voracidad de quienes se han hecho con su control, lo digital se orienta a objetivos que no son los nuestros, los de la mayoría.
Las redes sociales fueron el primer síntoma. Tan divertidas y liberadoras al principio, han acabado provocando un grado de dependencia, sobre todo en los adolescentes, y de desinformación de tanta envergadura que no sabemos cómo quitárnoslas de encima.
También la IA promete. Su despliegue es abrumador, las consecuencias son inimaginables, el ritmo que imprime, inmanejable. Durante un par o tres de años hemos intentado seguir el ritmo de la IA generativa, pero la mayoría no podemos.
Ni las empresas pueden. Los nuevos agentes artificiales prometen tantos cambios y tan rápidos, que las empresas no saben ni por dónde empezar a implantarlos.
Aceleracionismo en estado puro
Dice Pep Martorell que con los agentes de IA ya no trabajaremos en serie, una cosa después de otra, sino que lo haremos en paralelo. No servirá hacer bien una cosa, o incluso varias. Deberemos hacer bien cientos de ellas, y a la vez. ¿Podremos? Solo si nos desentendemos de buena parte del trabajo y lo delegamos a unos agentes artificiales que prometen ser muy eficientes, pero poco transparentes. Tal vez seamos capaces de hacer muchas cosas pero sin saber cómo, ni, sobre todo, por qué. Ganaremos eficacia, pero perderemos comprensión.
Y podemos perder más cosas. Algunos, el trabajo. Curiosamente, a miles de personas que parecían tener blindado su futuro profesional porque se dedican a programar máquinas, ahora les despiden.
Cientos de miles de estudiantes que llenan las facultades de informática e ingeniería se preparan para participar del privilegio que el futuro les tenía reservado. Pero el privilegio no será para ellos. Su trabajo lo harán las máquinas.
Perplejidad.
Los humanos, las organizaciones sociales, las instituciones… necesitamos algo de sosiego. La comunicación, por ejemplo, lo necesita. Ya no lo tiene. Los nuevos comunicadores del siglo XXI, los que inundan las redes, trabajan a destajo para servir al ritmo implacable del algoritmo. También los usuarios deben seguir el ritmo frenético del scroll adictivo de las redes y discernir en décimas de segundo si lo que ven es real o es falso.
Incluso los periodistas de las redacciones más sesudas deben adaptarse al mandato digital y enviar sus escritos a los SEO, los especialistas en el motor de búsqueda de Google, para que los adapten al lenguaje del algoritmo. Lo contaba Manuel Jabois a raíz del 50 aniversario del diario El País. Los buenos artículos que todavía leemos se retocan para caerle bien a las máquinas.
O la educación. Tampoco la educación tiene el sosiego que necesita. Los maestros revisan estupefactos los trabajos de sus alumnos: impecables cuando utilizan el ordenador, penosos cuando usan el bolígrafo.
Y por si fuera poco, empezamos a darnos cuenta de que este es un juego peligroso. Incluso hay quien alardea de las amenazas que inventa. Anthropic tiene medio guardado un modelo, Mythos, capaz de hallar (y explotar) las vulnerabilidades de los sistemas digitales que controlan el mundo. OpenAI acaba de lanzar otro parecido, Daybreak.
Un mundo así tiene poco futuro. Aunque parezca que tiene mucho.
Señales analógicas
El mundo analógico se resiste a desaparecer y emite señales.
Ted Gioia cuenta el caso de una pequeña librería en Birmingham (EE.UU.), The Alabama Booksmith, que prospera gracias a una estrategia insólita: todos los libros de la tienda están firmados por el autor. Los clientes valoran la autenticidad y el toque personal de los libros firmados. Una señal.
Otra la tenemos en los discos de vinilo. Lejos de desaparecer, en España, el vinilo ya supone el 69% de las ventas físicas de música; en 2025 se vendieron 2,18 millones de unidades y los ingresos por vinilos crecieron un 44,9 %
O en la artesanía. La firma de análisis Research and Markets cifraba el mercado global de la artesanía en 907.000 millones de dólares en 2024, y prevé que en 2033 alcance los 1,94 billones.
O en la decisión de las autoridades suecas de ir eliminando los dispositivos electrónicos en las escuelas: ni tablets, ni ordenadores, salvo para usos contados. O en la de otros países, empezando por Australia, que prohíben el uso de redes sociales a los menores de 16 años.
O en el fracaso del metaverso.
¿Anécdotas?
Más bien síntomas. Señales de que no vamos a renunciar tan fácilmente a lo analógico. A lo humano.
Seguimos valorando lo genuino, lo auténtico y, francamente, en la simulación que impone lo digital, cuesta encontrarlo.
Joan Rosés
1 comment
Es que la cosa va encara més enllà:
https://www.youtube.com/watch?v=GVsUOuSjvcg