La IA acelera el camino hacia una economía que tiende a prescindir de las personas
De los múltiples impactos que ha provocado la digitalización de la economía, hay uno del que se habla poco y es, sin duda, de los más relevantes: en las empresas tecnológicas de vanguardia la tasa de ingresos por empleado se ha disparado.
Apple ingresa 2,4 millones de dólares por empleado; Meta, 2,2 millones; Alphabet (Google), 1,6 millones.
No está nada mal si se tiene en cuenta que la tasa promedio entre las grandes empresas norteamericanas del Índice Fortune 500 es de unos 640.000 dólares por empleado.
Si nos fijamos en las tecnológicas especializadas en IA, los niveles aún son más altos.

– NVIDIA: 4,4 millones de dólares/empleado (29.600 personas, 130.500 millones de dólares de ingresos)
– Midjourney: 3,8 millones de dólares/empleado (130 personas, 500 millones de dólares)
– OpenAI: 3,7 millones de dólares/empleado (2.650 personas, 10.000 millones de dólares)
– Anthropic: 2,2 millones de dólares/empleado (2.300 personas, 5.000 millones de dólares)
McKinsey calcula que, entre 2025 y 2030, estas empresas invertirán 6,7 billones de dólares en infraestructura para la IA (centros de datos, microprocesadores… ). Solo el 9% de la inversión se destinará a incrementos de personal.
Midjourney, por ejemplo, no tiene equipo de ventas ni departamento de marketing. El crecimiento es orgánico y la comunicación y la atención al cliente las dinamiza la comunidad en redes sociales y en plataformas colaborativas como Discord.
Gamma se dedica a emular las presentaciones tipo PowerPoint mediante IA. Con apenas 50 empleados y más de 100 millones de ingresos recurrentes anuales acaba de conseguir fondos por valor de 68 millones de dólares y alcanza ya una valoración de 2.100 millones.
Falta ver si los ingresos de estas empresas se convertirán algún día en beneficios sostenibles. No está claro que vaya a ser así, y por eso crece el temor a que estalle la burbuja.
Pero a pesar de las turbulencias que puedan llegar, tanto las empresas tecnológicas tradicionales, si es que se les puede calificar así, como las de nueva creación basadas en la IA, transmiten a la sociedad un mensaje muy potente: para construir grandes negocios cada vez harán falta menos personas.
Crecimiento sin empleo
El modelo no es replicable a todas las empresas. Industrias y servicios intensivos en mano de obra, logística, distribución o producción de activos físicos difícilmente alcanzarán la tasa de empleabilidad de una plataforma digital. Pero una parte no desdeñable de su estructura (administración, marketing, gestión…) puede reducir su dependencia laboral gracias al uso de la IA. Incluso operaciones más físicas pueden llevarse a cabo mediante sistemas de robotización.
Otro informe reciente de la consultora McKinsey concluye que con la tecnología actual, empleada adecuadamente, se podrían automatizar tareas que representan alrededor del 57% de las horas de trabajo en EE.UU.
En un informe titulado precisamente «Jobless growth«, dos analistas del banco de inversiones Goldman Sachs, vaticinaban este mes de octubre que “en los próximos años lo normal será mantener un sólido crecimiento del PIB junto a un débil crecimiento del empleo”.
Las empresas tecnológicas muestran el camino de la nueva economía: el crecimiento económico sin aumento del empleo es posible y en cierta medida replicable a otros tipos de empresas. Ya se encargan las mismas tecnológicas de proporcionar los medios para que todas se adapten al modelo.
La teoría económica tradicional sostiene que las tecnologías crean nuevos sectores que, a su vez, generan empleos sustitutivos. Con las revoluciones anteriores (mecanización, electricidad, informatización) así había ocurrido. El trasvase se producía de unas industrias a otras. De unos talentos a otros. Con una economía basada en la mecanización extrema que afecta incluso a los procesos creativos, no está claro que la historia vuelva a repetirse.
Trasvase y concentración de rentas
Uno de los primeros efectos que produce este modelo de crecimiento es un trasvase de rentas. Al reducirse la necesidad de empleo, las rentas que irían al trabajo se derivan hacia el capital, y especialmente al capital que controla los medios tecnológicos.
El fenómeno no es nuevo. Desde los años 70, la participación del trabajo en el PIB ha bajado del 66% al 60%.
Un análisis reciente del Wall Street Journal revela que una de cada cinco empresas del índice S&P 500 emplea ahora menos personal que hace diez años. Esta caída no se debe únicamente a las desinversiones. Grandes empresas como Walmart, General Motors o Bank of America han aumentado ingresos pese a reducir plantilla.
Lo que hará la inteligencia artificial será acelerar el proceso. Las predicciones de otros analistas de Goldman Sachs sugieren que cuando la IA se adopte a gran escala, la productividad laboral puede aumentar un 15% como consecuencia de la destrucción neta de empleo.
Otro factor a tener en cuenta es el efecto social de este modelo. Aunque depende del grado de equidad que impere en cada sociedad, las del trabajo son rentas que se distribuyen y, por lo tanto, contribuyen a la estabilidad y bienestar general. Las que reciben los medios tecnológicos tienden a concentrarse en grandes compañías globales que requieren tasas de empleabilidad cada vez más bajas, con escaso arraigo laboral en los países en que operan.
Modelo, ¿qué modelo?
Cuando la IA habla de modelos, se refiere a los programas que se entrenan con datos para elaborar patrones y así hacer predicciones o tomar decisiones sin intervención humana.
Pero hay otra acepción de modelo que convendría tener presente. Un modelo es también una referencia, un arquetipo, un ejemplo que sirve de guía para imitar comportamientos, acciones o creaciones. Un punto que orienta hacia un ideal.
El modelo que nos muestra la IA es el de una tecnología que suplanta las capacidades de las personas para acelerar una economía que tiende a prescindir de ellas.
Joan Rosés