Una llamada a reconsiderar creencias sobre lo digital
«No se trata de combatir a tope a los imbéciles digitales, porque imbéciles los hay en todos los círculos: se trata de oír lo que dicen y entenderlos y luego crearnos un mundo en el que los idiotas no entren».
Enrique Vila-Matas
En su breve opúsculo sobre el poder, Byung-Chul Han escribe que el poder más poderoso es aquel que opera sin coerción sobre «el automatismo de las costumbres», en tanto que genera en sus súbditos una sensación de libertad. El poder superior se manifiesta como tal cuando el súbdito quiere por sí mismo lo que conviene al soberano.
Desde esta perspectiva, la adicción a las pantallas, el uso compulsivo de lo digital, el estar continuamente pendiente del móvil, el pasar horas al día seducidos por la tentación del scroll infinito, son manifestaciones de un poder silencioso que se ejerce con la mediación de lo digital. Nadie obliga a viajar en el transporte público sin levantar la cabeza del terminal. Ni a consultar las redes sociales nada más empezar el día ni a que eso sea lo último que se haga antes de retirarse a dormir. El relato dominante, el que emerge de la industria digital, es que sus usuarios eligen libremente esos comportamientos. Para el filósofo coreano, por contra, el teléfono móvil es un «instrumento de dominación». Al capturar y dirigir la atención de las personas, éstas no solo alimentan modelos de negocio basados en la explotación de datos privados sobre sus hábitos e intereses, sino que se exponen además a contenidos diseñados para modificar su sentido de la realidad e influir en sus comportamientos.
Hace pocas semanas, en un discurso memorable en el foro de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney recordaba un ensayo en el que Václav Havel, entonces disidente y más tarde primer mandatario checoslovaco, se preguntaba cómo el sistema comunista conseguía sustentarse. Su respuesta empezaba glosando la práctica del tendero que cada mañana fija en su escaparate un rótulo con el lema «Trabajadores del mundo, uníos!». No lo hace por convicción, sino para adaptarse, para evitar problemas. Cuando todos los tenderos eligen hacer lo mismo, el sistema se perpetúa. Pero el origen de su fortaleza lo es también de su fragilidad. El sistema empieza a resquebrajarse el día en que el primer tendero escoge quitar el rótulo de su escaparate, abriendo así una rendija a través de la que —cantaba Leonard Cohen— entra la luz, se atisba otro futuro. Como añade Havel, si el fundamento del sistema es la vida en la mentira, no es de extrañar que «la vida en la verdad» sea su principal amenaza.
En su discurso, Carney utilizó la referencia a Havel para denunciar la ruptura de un orden internacional basado en reglas compartidas. Un orden que ha resultado útil aún siendo una ficción, dado que los más poderosos —y en particular los EEUU— han actuado al margen de esas reglas cuando así les ha convenido, en tanto que el resto del mundo evitaba reconocer la brecha entre la retórica y la realidad. Ante los síntomas de la ruptura de este orden, Carney aboga por dejar de fingir, por retirar el rótulo del escaparate, por asumir la realidad, verbalizarla y construir entre los menos fuertes un nuevo y mejor orden, más justo y honesto.
Promesas incumplidas
Pienso que las palabras de Carney al respecto de la política internacional tienen también una aplicación directa en nuestra relación con lo digital. Las tecnologías digitales ocupan un espacio cada vez mayor en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad. Su expansión ha tenido muchas consecuencias positivas que no hace falta glosar, dado que de ello se ocupa una plétora de consultores y propagandistas. Pero esa misma expansión ha comportado también promesas incumplidas y daños colaterales que no conviene seguir pasando por alto.
A principios de los 1990s, por ejemplo, tomó forma un relato que daba por seguro que lo digital habilitaría una revolución de un alcance solo comparable al que en su momento supuso la revolución industrial, dando así lugar a una idealizada «sociedad de la información y el conocimiento», más rica, más productiva, más democrática y menos centralizada. Es evidente hoy que esa promesa se ha incumplido.
Lo cierto, en cambio, es que la prosperidad digital —si es que este concepto tiene sentido— se ha distribuido de forma harto desigual. Las grandes empresas tecnológicas y sus inversores han acumulado —lo siguen haciendo— cuotas desmedidas de riqueza y de poder.
- El PIB de los EEUU apenas se duplicó entre 2010 y 2025, en tanto que la renta media por persona aumentó solo en un 87%.
- Entretanto, el patrimonio de los dos fundadores de Google, que en 2010 alcanzaba solo los 17.500 millones de dólares, creció hasta los 250.000 millones quince años más tarde.
- No se trata de un hecho aislado. El valor en Bolsa de Apple, que en 2018 fue la primera empresa cuya valoración superó el billón de dólares, se ha más que triplicado desde entonces. Las grandes empresas tecnológicas han llegado a copar hasta el 30% del valor del mercado. A finales de 2025, la mayoría de las diez personas más ricas del mundo eran fundadores de grandes tecnológicas.
Cabe por contra resaltar que ninguno de los indicadores básicos de bienestar social (índices de desigualdad en riqueza y salarios, calidad de los servicios públicos de educación y salud, acceso a vivienda, etc.) ha crecido de un modo comparable al de las fortunas de quienes dominan el panorama digital.
Innovación sin prosperidad
No debería habernos pillado por sorpresa. Como Daron Acemoglu y Simon Johnson documentan en su libro «Poder y progreso», los últimos mil años de historia están plagados de inventos que no trajeron nada parecido a una prosperidad compartida. Por eso, en la misma línea del mensaje de Carney, esos autores llaman a cuestionar el tecnoptimismo acrítico que prevalece entre los actuales dirigentes tecnológicos y sus ámbitos de influencia. A quitar el rótulo. A cuestionar —y combatir en la medida de lo posible— el relato de quienes proclaman que —esta vez sí— la inteligencia artificial habilitará un futuro de abundancia para todos.
Al contrario de lo que se sostiene con demasiada frecuencia, el proceso por el cual las nuevas tecnologías generan (o no) una prosperidad generalizada no tiene nada de automático, de espontáneo o de natural. Tanto los avances de la tecnología digital como el aumento de su penetración en la sociedad son el resultado de un esfuerzo, sostenido durante décadas, que ha requerido inversiones billonarias y la participación de dosis ingentes de talento. Un esfuerzo plagado de decisiones éticas —sobre qué hacer o dejar de hacer, sobre qué daños colaterales se consideran aceptables. De decisiones políticas —como el tratamiento fiscal de los beneficios de la innovación digital. De decisiones regulatorias —como la medida en la se hace o no responsables a las plataformas digitales de los contenidos que difunden y de sus efectos.
Hemos sido demasiado ingenuos
La adopción de una nueva tecnología — ya desde el dominio del fuego—tiene efectos transformadores, pero ni todas sus consecuencias son deseables ni hay garantías a priori de que sus beneficios se alineen con el bien común. Hemos sido durante demasiado tiempo ingenuos —o tal vez irresponsables— al no asumir con todas sus consecuencias la advertencia (de Neil Postman) de que cada tecnología es un arma de doble filo, que comporta al mismo tiempo una carga y una bendición. Por ejemplo:
- Cuando aplaudimos, por ejemplo, que el uso inteligente de las redes sociales ayudara a la elección de Barak Obama como presidente de los EEUU no supimos —o no quisimos— prever que contribuiría también a la elección de alguien como Donald Trump.
- Cuando defendimos que cada persona conectada tendría la posibilidad de recibir y publicar cualquier contenido, en cualquier momento, desde cualquier lugar, no imaginamos que ello conduciría a la necesidad de defendernos del agobio de aludes de informaciones no deseadas, de entre las que es cada vez más difícil distinguir entre lo veraz, lo propagandístico, lo tendencioso y lo descaradamente falso.
- Cuando apoyamos como un rasgo de transparencia democrática que el debate político se extendiera a las redes no pretendíamos que degenerara en un espectáculo que socava la confianza en la política y en la democracia representativa, ya bajo mínimos en muchos países.
La creencia quasi religiosa — un acto de fe, al fin y al cabo— en la pertinencia de equiparar digitalización y progreso ha llevado a que la difusión acelerada de lo digital haya sobrepasado el ritmo de evolución —por fuerza más pausado— del progreso regulatorio y ético orientado hacia el bien común. La consecuencia es que muchas propuestas sobre ética y sobre regulación digital, al enfrentarse a hechos consumados, adquieren un carácter más paliativo que orientador o prescriptivo.
La alianza ahora manifiesta entre las ‘big tech’ y los nuevos populismos hace ya evidente —no es que no hubiera antes síntomas de ello— que el poder no democrático que se ejerce a través de lo digital ha ido demasiado lejos. Que ya no es creíble el discurso según el cual el propósito de la extensión de lo digital ha sido y sigue siendo avanzar hacia ideales compartidos de progreso, libertad, democracia y bien común.
Ha llegado la hora de afrontar el problema
Es hora de retirar el rótulo. De nombrar el problema. De asumir y verbalizar que la realidad de lo digital, como tampoco su trayectoria, no son las deseables. De adoptar la actitud de «resistencia íntima» que preconiza el filósofo, de no ceder a los dogmatismos de quienes proclaman que es inevitable el futuro que a ellos les conviene. De no aceptar el chantaje de quienes proclaman que solo cabe «adaptarse» a la oferta de hechos consumados que emana de los prebostes digitales. De rechazar la noción de que es imperativo «subirse al tren» antes de que sea demasiado tarde, porque no es para nada evidente que ese tren esté destinado a llevarnos a donde querríamos ir.
Está claro que ninguna actitud ni ningún esfuerzo individual será suficiente para torcer el poder del tecnoautoritarismo. Será necesario persistir en un esfuerzo colectivo de imaginación de futuros digitales alternativos, de formar coaliciones, de diseñar estrategias de activismo. Llevará tiempo. Pero, como bien argumenta la escritora y activista Rebecca Solnit, el realismo no está en contradicción con la esperanza. ¿Acaso todo lo que se crea no puede ser demolido? Entretanto, cada pequeño gesto a nuestro alcance, cada conciencia o influencia positiva que podamos ejercer en nuestros círculos más cercanos, en nuestras familias, en nuestros hijos y en nuestros nietos, es un paso a favor.
Vuelvo una y otra vez a la inspiración de Leonard Cohen:
«Ring the bells that still can ring
Forget your perfect offering
There is a crack, a crack in everything
That’s how the light gets in.»
Ricard Ruiz de Querol