Nos empeñamos en comparar las capacidades de los robots con las nuestras como si fuéramos variantes de una misma especie
Leo en el periódico:
“Un robot chino bate el récord mundial de Usain Bolt en 100 metros lisos”.
En los informativos, pocas televisiones se resisten a ensalzar la proeza del humanoide (en realidad, han sido tres) que ha logrado superar al atleta más rápido de la historia durante los World Humanoid Robot Games de Pekín. Las imágenes aparecen en la sección de deportes, esa que glosa las competiciones que los humanos tenemos con otros humanos, a veces ayudados por artefactos tecnológicos sofisticados (Fórmula 1, MotoGP…), pero siempre con humanos al frente.
Los presentadores no ocultan su admiración. Sus sonrisas, el tono de la voz, las palabras que les dedican. Nadie se resiste a tratar a esos bípedos mecánicos como criaturas atléticas, algo torpes aún, pero capaces ya de grandes hazañas.
Sentado ante el televisor, enturbiado todavía por el calor veraniego, me pregunto: ¿qué pintan las competiciones entre artefactos en una sección dedicada a glosar la capacidad atlética de las personas? ¿A qué viene tanto entusiasmo? ¿Por qué nos empeñamos, erre que erre, en comparar lo mecánico con lo humano y a entusiasmarnos cuando un artefacto nos supera?
Sospecho que en el trasfondo de esa fascinación por las proezas mecánicas subyace un relato que nos tiene comida la moral desde hace un par de siglos, por lo menos: el que nos compara siempre con lo mecánico, el que trata lo técnico y lo humano como variantes de una misma especie.
De esa comparación los humanos siempre salimos mal parados. La mayoría nos consideramos seres deficientes, necesitados de tecnología para completarnos y, en los últimos tiempos, también superarnos. Damos por bueno, e incluso deseable, que la tecnología lo haga (casi todo) mejor que nosotros.
Pensadores y filósofos andan dándole vueltas a esa idea desde los tiempos de la Revolución Industrial.
Ernst Kapp (1808–1896), uno de los primeros filósofos, si no el primero, en hablar de “filosofía de la técnica”, defendió una tesis que fue olvidada durante más de un siglo, pero que hoy gana relevancia. Según Kapp, los artefactos tecnológicos son, en realidad, proyecciones inconscientes de nuestro cuerpo: el martillo proyecta el puño; la sierra, los dientes; la cámara, el ojo. Por aquel entonces el telégrafo evocaba el sistema nervioso. Hoy lo hacen las conexiones digitales y, por supuesto, la inteligencia artificial.
Según Kapp, desarrollar tecnología es una manera natural de proyectarnos y extender nuestra influencia. Nos externalizamos a través de la técnica. Los artefactos de los que nos valemos son nuestras prótesis. No son ajenos a lo humano. Son parte de nosotros.
No sé qué pensaría Kapp de la tecnología actual, pero probablemente abundaría en su tesis y justificaría la obsesión actual por antropomorfizarlo todo como el camino lógico al que conduce nuestra proyección en la tecnología.
Tal vez sea esa la razón de que los presentadores de televisión miren con tanto cariño a esos robots que emulan y superan nuestras hazañas deportivas. En el fondo, el robot atleta es uno de los nuestros.
O tal vez no.
Un siglo después, el también alemán Ghünther Anders (1902–1992) aportaba otra visión acerca de nuestra relación con la técnica.
Según Anders, lo técnico nos fascina no porque sea parte de nosotros, sino porque expone abiertamente nuestra fragilidad. Sentimos vergüenza de nosotros mismos porque no somos capaces de emular las capacidades de lo que fabricamos. Mejorarnos mediante tecnología es la reacción a la vergüenza que nos provoca la fragilidad humana.
Ya sea porque las consideramos nuestra proyección o porque nos reconocemos inferiores a ellas, las proezas tecnológicas nos fascinan.
Cuando nos cuentan que “un robot chino bate el récord mundial de Usain Bolt en 100 metros lisos”, asumimos la comparación, admiramos la proeza y nos quedamos tan anchos.
Joan Rosés